Hace unos 12 años, estaba facilitando un taller de desarrollo profesional para varios cientos de docentes; la mayoría venían de escuelas con grandes necesidades. El gimnasio estaba lleno de ruido y actividad. Una encuesta realizada al final del primer día indicó que las y los participantes consideraban que las técnicas y herramientas vistas eran aplicables y pertinentes. Me desperté a la mañana siguiente convencido de que nuestro plan iba por buen camino.
Pero justo antes del almuerzo del segundo día, un docente que llevaba botas de vaquero levantó la mano. Tenía ese marcado acento sureño de Texas y dijo:
—¿Antes de terminar hoy, vamos a hablar de los problemas de verdad? —preguntó.
—Cuéntenos un poco más —lo invité, mientras intentaba disimuladamente soltar el aire, dejar de lado mi inseguridad y evitar cualquier impulso de ponerme a la defensiva.
—Bueno —comenzó—, esto está muy bien, de verdad, he aprendido muchísimo. Y ustedes hacen un gran trabajo facilitando la práctica, así que es divertido y lo aprendido se queda. Pero imagínese que fuéramos cocineros en un restaurante que está fracasando, como los de esos programas de televisión por cable. En mi cocina tenemos un solo sartén, no tenemos espátula, se nos acaban los ingredientes todo el tiempo, hace calor en la zona para comer, la pintura está descascarada y nunca hemos gastado un dólar en publicidad. Ustedes podrían enseñarnos a nosotros los cocineros a cocinar mejor, pero eso realmente no cambiaría los resultados del restaurante. Creo que existe la posibilidad de que eso sea lo que está pasando aquí.
Tenía razón. Se puede mejorar el conjunto de herramientas de las y los docentes sin que eso genere un cambio significativo en una escuela.
He contado esta historia varias veces desde entonces, incluso recientemente, en conversaciones con líderes que estaban diseñando sus planes de desarrollo profesional docente. Llamemos “Cami” a una de esas líderes, cambiando algunos detalles para proteger su confidencialidad.
En la red de escuelas de Cami los problemas de comportamiento estudiantil estaban aumentando y ella quería que el desarrollo profesional les diera a las y los docentes más herramientas para involucrar al estudiantado y para redirigir los comportamientos problemáticos. Su razonamiento era que menos aburrimiento significaría menos distracciones y que una mejor capacidad para redirigir el comportamiento se traduciría en menos situaciones que se intensificaran y menos remisiones a la oficina de dirección.
Era una hipótesis comprensible y me pregunté si podría haber otras.
Invité a Cami a plantear 10 hipótesis sobre qué podría estar contribuyendo al aumento de los comportamientos problemáticos o qué podría mejorar el comportamiento estudiantil. Después, le pedí que las ordenara según el esfuerzo necesario para abordarlas y su posible impacto.
Decidió que valía la pena implementar: una capacitación específica sobre el ritmo de las clases para docentes de primer año; Cami también priorizó abordar la política sobre el uso de teléfonos celulares; asegurarse de que hubiera personal presente en los pasillos durante los cambios de clase; darles a las y los estudiantes más tiempo para salir y moverse; y atender la brecha en la comunicación con las familias, que se había creado tras la salida de un líder que había mantenido relaciones especialmente cercanas con ellas.
Así, una vez que consideró opciones más allá del desarrollo profesional, Cami identificó algunas que parecían tener un mayor impacto.
He notado que el desarrollo profesional resulta especialmente atractivo en el ámbito educativo. Está cerca de los estudiantes y los proveedores lo comercializan con eficacia. A los financiadores les atrae su aparente relación costo-beneficio y su enfoque de “fortalecimiento de capacidades”. Además, muchos líderes educativos son antiguos docentes a quienes les gusta enseñar a otros docentes.
Invertir en las personas es importante y, a veces, el desarrollo profesional es una apuesta excelente. Sin embargo, dado que suele ser la solución recurrente que se adopta sin mayor análisis, cuando escucho que “necesitamos desarrollo profesional”, me resulta útil plantear algunas hipótesis alternativas antes de decidir dónde invertir el tiempo y el dinero, que son recursos limitados.
¿Qué más podría estar produciendo el problema? ¿Qué otra cosa podría mejorar el resultado? ¿Y en qué opciones invertiría sus recursos?

