Lo que descubrí en la cafetería

Los seis estudiantes de secundaria sentados en la mesa de la cafetería empezaron a sonreír. Un minuto antes, cuando acerqué una silla y me auto invité a sentarme con ellos, me habían recibido con esas miradas malhumoradas tan típicas de los adolescentes. Pero les pregunté:

“Si ustedes estuvieran a cargo de esta escuela durante una semana, ¿qué harían para mejorarla para el mayor número posible de estudiantes?”

Hice una pausa con una gran sonrisa justo donde está la coma. Quería escuchar lo que cada uno tenía que decir.

Cuatro agregarían un descanso por la mañana (“Realmente ya no me cabe nada más en la cabeza”). Dos ayudarían a las y los docentes a hacer las clases más divertidas (“Nos dieron un nuevo currículo de matemáticas. Ni siquiera sé si los profesores se sienten cómodos enseñándolo. Simplemente sacan ejercicios de los libros”).

Después me senté con otras cuatro mesas y luego me quedé en el pasillo haciendo preguntas mientras las y los estudiantes regresaban a clase: “oye, me encantan tus zapatos. Soy nuevo aquí… ¿puedo hacerte una pregunta rápida?”

En menos de una hora, hice 41 de estas micro entrevistas. Algunos patrones empezaron a aparecer:

  • Las y los estudiantes se estaban agotando desde la mañana.
  • Matemáticas necesitaba atención.
  • Las y los estudiantes de mayor edad del campus querían tener alguna forma de ganar dinero.

También surgieron algunos comentarios aislados: más días de pizza, nuevos uniformes de básquetbol. Pero yo estaba escuchando en busca de patrones que pudieran señalar una prioridad estratégica.

El trabajo de nuestro equipo era ayudar a esta escuela a desarrollar un plan estratégico. Hablamos con el personal, revisamos los currículos, leímos las agendas de las reuniones de liderazgo, analizamos el horario general, sintetizamos años de datos y nos sentamos al fondo de 20 aulas.

Como de costumbre, las y los estudiantes nos señalaron la dirección correcta. Las y los docentes de matemáticas no habían recibido capacitación sobre el nuevo currículo y me dijeron que no les gustaba. El horario de la mañana no tenía ningún descanso y, desde el fondo de las aulas, observé cómo la participación estudiantil disminuía con cada período de clase. Los datos mostraron que algunos estudiantes de los dos últimos años de secundaria estaban dejando la escuela para trabajar.

Con sus respuestas y participaciones, las y los estudiantes no diagnosticaron todos los problemas, ni nos entregaron un plan estratégico, pero en menos de una hora, nos dijeron mucho sobre dónde debíamos poner nuestra atención. Muchos de ellos me dijeron que nunca antes les habían hecho una pregunta como esa.

La primera vez que intenté esto fue como docente, y el hábito rápidamente me ayudó a mejorar. Más adelante, durante mis estudios de administración de empresas, leí Talking to Humans (está disponible gratis en línea, por si le interesa). Su idea central es esta: si está creando algo para las personas, hable con ellas mientras lo está creando. Este es un dibujo de ese libro:

Recientemente dirigí un taller para una organización aliada sobre el diseño centrado en las personas. Esta es una de las diapositivas que preparé sobre cómo hablar con las y los estudiantes:

  1. Hable con las y los estudiantes.
  2. Con tantos como pueda.
  3. Anote las ideas y detecte los patrones.
  4. Observe hacia dónde apuntan.
  5. Profundice.

Un par de cosas que conviene tener en cuenta: un comentario no constituye un patrón, y un patrón no es una solución. Descubrí que obtenía la mejor información cuando mis preguntas eran amplias y resultaban divertidas de responder, y cuando hacía preguntas de seguimiento para entender por qué.

La próxima vez que esté cerca de las personas a quienes su escuela, programa, organización u otorgamiento de subvenciones, podría probar la pregunta que utilicé o adaptarla a su propio contexto.

Me encantaría saber qué descubre.


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